El Cannes Lions de los odontólogos.

Aún no se habían enfriado las sillas después de recibir los calurosos traseros de centenares de publicistas en el Palais des Festivals en Cannes, cuando ya cientos de odontólogos de todo el planeta atestaban las anchas aceras del Boulevard de la Croisette a media mañana. Así fue, y bastó con quedarme solo un par de días en la Costa Azul después del último Cannes Lions para descubrir lo que podría llamarse el Cannes Lions of Orthodontics and Implantology. Era muy parecido al nuestro, incluso lucían como nosotros; con sus bermudas de colores y sus camisas playeras, lo único diferente era que las maletas del evento tenían forma de “muelita”, eran como un diente invertido cuyas raíces servían de colgaderas. Me avispé a colarme en el Palais.

En el auditorio principal pude ver a un coreano experto en bruxismo, quien se esforzaba por dar una charla en inglés fluido, mientras un grupo estudiantes dormía el guayabo pos-Martinez en las arrulladoras sillas del teatro. En los pasillos se oía el murmullo de los jueces, quienes discutían sobre cuáles trabajos deberían ser reconocidos con el gran premio; se trataba de un “Canino de oro”, casi sonaba como el nuestro, solo que éste lucía como un diente de Diomedes Díaz. Se rumoreaba también, que esa tarde, se le rendiría un homenaje al que podría ser el Juan Carlos Ortiz de los odontólogos colombianos, un tipo que, contra todo pronóstico, había logrado arreglarle la “muelamenta” a Jaime Garzón hace ya varios años. Esa misma noche, y muy para mi dicha, se anunciarían los ganadores.

Los “R/GA de la dentistería”, quienes se habían “craneado” una forma de sacar las cordales sin abrir la boca del paciente, se llevarían el gran Canino de oro. Los “Dentsu de la ortodoncia”, se llevarían un plata por una aplicación mobile que escanea la boca del paciente, identifica los dientes ausentes, permite rediseñarlos en 3DS Max y luego imprimirlos en una HP 3D, listos para usar. Y por último, el bronce, para los que podrían ser los “Maruri de la odontología”, quienes se inventaron una prótesis revolucionaria; una caja de dientes con la que se puede hablar en Chino, instalada ambulatoriamente con postoperatorio de apenas 3 días. Muchos se quedaron con la duda de si funcionaría o no. Pero bueno, como era de esperarse, terminaron todos celebrando en el Martinez.

En la estrecha esquina pedían tragos sin azúcar y procuraban no tomarse la foto típica mordiendo las estatuillas de oro para no dañar sus diseños de sonrisa. Se oía de todo: Que unos publicistas se habían colado con un diente destapador para cerveza Salta pero que por suerte los habían descalificado. Que un auxiliar de enfermería que no había sido nombrado en la grilla se había agarrado a madrazos con su CCO frente a las cámaras de LatinSpots. Que un cirujano maxilofacial ruso había enterrado su Canino de oro en la arena, alentado por los whiskies que le habían dado en la pomposa playa de Colgate. Que se deberían premiar cosas más reales y prácticas como los cepillos interdentales de Sensodyne. Y que a los Young Lions, también deberían darle un diente de Diomedes y no una “Muelita de leche” como lo hacían hasta ahora. En fin.

A la mañana siguiente, caminando con mi maleta a rastras por el malecón, mientras veía al cirujano maxilofacial ruso buscando desesperado el Canino de oro que había enterrado en la playa la noche anterior, pensaba en que tal vez no somos muy diferentes; odontólogos de publicistas; contadores de arquitectos; banqueros de panaderos. Que tal vez tenemos una carrera como cualquier otra. Y que tal vez, lo realmente importante en nuestra profesión no suceda durante la semana de Cannes, sino justo en las otras 51 semanas del año: cuando aquel ruso, solo en su consultorio, sin bombos ni platillos, cura a sus pacientes de Periodontitis. O cuando nosotros, haciendo uso de Social Location Marketing, logramos componer las métricas shopper de una marca, por ejemplo. Concluía entonces, y ya en un taxi rumbo al aeropuerto, que en los próximos años, ganara o no ganara, mantendría siempre la sonrisa fresca, esa sonrisa de product shot que no dan las cremas dentales, sino el trabajo bien hecho.

Diego Ortiz “Mimo”.

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El doble sentido vs. el sentido común.

El doble sentido es una figura literaria en la que una frase puede ser entendida de dos maneras; un buen ejemplo son los populares piropos, como el ya gastado; “Qué curvas y yo sin frenos”, que por un lado se refiere a la anatomía de la mujer colombiana, pero por el otro, supongo, se refiere al mal estado en el que se encuentran las vías del país.

Otro ejemplo claro es la política, donde todo el tiempo se utiliza el doble sentido, como cuando el expresidente Álvaro Uribe dijo que Andrés Felipe Arias era un “preso político”, que por una parte podría significar que el exministro estaba preso porque sus ideas suponían un desafío para el sistema constitucional, que no creo, ni nadie cree, y que por la otra, en el sentido literal de la frase, podría significar simplemente que el exministro era un vil y ruin político que estaba en la cárcel, o sea un “político preso”.

El doble sentido es esa “bendita maña” que nos hace ocultar la verdad tras un juego de palabras. Y seguramente, es por esa misma “maña”, que nos hemos olvidado de ponerle sentido común a las cosas, es por esa “maña” que nos causan gracia, en vez de repudio, todas esas letras de reguetón que hablan de “ver gas o ver gotas”, y es seguramente por eso mismo, que no nos inmutamos ni siquiera, cuando las FARC se autodenominan internacionalmente —en doble sentido— como “el ejército del pueblo”, cuando todos sabemos que no son más que el ejército del narcotráfico.

Lo cierto es que en este país nos sobra el doble sentido y nos falta mucho sentido común. Y lo más triste de todo es que ya estamos untados hasta la nuca, tanto, que hace unos días me preguntaron:

  • “Oye, ¿me enviaste el archivo?”, y respondí con malicia:
  • “No, pero ya te lo mando”.

 

Diego Ortiz “Mimo”